Pero hace poco más de un día que nos ha dejado mi padre. Tras un cruel cáncer de páncreas que se trasladó al hígado y acabo en una carcinosis peritoneal que te deja los órganos deshechos por dentro. Lo he visto. He tenido que verlo cuando el pobre ha vomitado lo que tenía que salir por algún sitio.

Improviso estas líneas a última hora del miércoles 10 de Enero de 2017 en las notas de mi móvil, utilizando algunos pensamientos que me han rondado la cabeza estos días.

Amistad

Se ha ido uno de mis mejores amigos, con el que compartía intereses comunes, y posiciones y visiones de la vida muy parecidas en lo esencial (valores) pero no necesariamente en lo accesorio (la política, por ejemplo).

(Amigos: tienen intereses comunes, muchos valores compartidos, respeto mutuo, aunque el carácter o la edad sean muy diferentes)

Desde luego, no siempre hemos estado tan próximos: uno de estos días, con él dormido o inconsciente en la cama de la que sería su última habitación, mi madre me ha recordado que estuve varios años sin llamarle papá. No sé a causa de qué estúpido enfado. También, a mis 16-17 años estuvimos varios meses sin dirigirnos una sola palabra.

Ser

Es increíble la cantidad de gente que coincide en ver en él a una persona esencialmente buena, siempre bien dispuesta y alegre, con un enorme coraje y capacidad de entrega, un luchador. Algo de lo que mi madre y sus hijos no podemos sentirnos más orgullosos.

Una persona que ha sido feliz trabajando. “Me lo ha pasado como un niño”: así me lo ha dicho uno o dos días antes del final. Sobre todo en su adorada IBM, en la que trabajó durante más de 25 años.

Mentor

Como mentor ha estado, literalmente, hasta su último día haciendo sugerencias sobre cómo enfocar los distintos asuntos, problemas, retos y oportunidades del negocio.

Sugiriendo y nunca afirmando, porque sabía perfectamente que esa es la mejor forma de que la gente te escuche. Siempre, en cualquier aspecto de negocio viendo oportunidades y abriendo posibilidades. Optimista radical como corresponde a un espíritu comercial nato.

Como mentor no sólo me ha enseñado casi todo lo que sé del mundo de la empresa, sino mucho más: básicamente como andar, como moverme por la vida.

Una chispa

Solo un detalle para saber quién era mi padre: el día en que la hacen la última transfusión y nos envían de vuelta a casa a última hora, le comenta antes de irnos al doctor las molestias que tiene en la garganta; este le observa y le receta un medicamento contra hongos en la lengua.

Al levantarse mi padre para marcharnos,  se despide, como siempre con una sonrisa franca y la voz más fuerte que le permite su situación, dando las gracias y deseando un ¡Feliz año, Doctor!, felicitando también a la enfermera que lo acompaña. Con esa corrección, consistencia y solidez, pero, a la vez, falta de pretensiones que le caracterizaba.

Los dos, con los ojos muy abiertos y cara de cierta incredulidad, se quedan tan corridos que son incapaces, sabedores de su situación, de hacer lo mismo y felicitarle el año a él también; simplemente le desean que descanse y que pase una buena noche o algo parecido.

Yo me di cuenta de esto en un flash  – algo no te encaja, te ha resultado extraño -, me resultó disonante aunque yo no sabía evidentemente que iba a fallecer en apenas tres días.

Pero mi padre si lo sabía.

El final

De sus últimos días me ha admirado especialmente su entereza: sabía perfectamente lo que tenía y lo poco que le quedaba pero él se agarraba a un clavo ardiendo: quería vivir, hacer tantas cosas, leer, pintar, jugar al golf, disfrutar de sus nietos y de su mujer, ayudar en sus carreras profesionales a sus hijos… Quería vivir cuando hay tanta gente hastiada, indiferente y aburrida, en lo mejor de sus vidas.

A nosotros, su familia más próxima, nos parecía que no quería ver realmente lo que tenía y dónde terminaba todo: porque a su oncólogo, en cada cita, le contaba lo que en cada momento le estaba fallando y lo que, con suerte, le iba un poco mejor, pero nunca le preguntaba directamente cuánto le quedaba o qué era lo que aparecía en el cuadro global.

Pero al final me he dado cuenta de que sí lo sabía. Perfectamente.

Algunos de sus amigos me han hablado de su entereza la última semana cuando les ha contado lo que le pasaba: que se estaba muriendo.

Enseñanzas. Conclusiones. Aprendizajes

¿Qué me ha enseñado la muerte de mi padre?

Que hay que disfrutar mucho más de aquello que nos gusta y a quien queremos. Que no hay que guardarse nada ni dejarse balas en la recámara. Que hay que arriesgarse y lanzarse a tumba abierta porque si no lo haces ahora quizá no lo hagas nunca (siempre me he considerado un tipo atrevido pero me doy cuenta que todavía me quedan muchas más muescas que forzar en mi mecanismo interno).

Pero también que hay que hacer todo eso siendo un hombre noble, cabal y honesto, que en todas las circunstancias permanece en su línea, sin estridencias, que es la que le marcan su educación y sus valores.

Y que hay que mantener el sentido del humor hasta el final.

Ausencia. Inspiración

Personalmente su ausencia va a dejar un enorme hueco en mi interior.

Mi padre sabía que se moría pero no lo dio a entender a nadie.

La vida sigue pero yo de mayor quiero ser como mi padre. Ha dejado de ser mi mentor para convertirse en un referente.

 

En otra ocasión hablaré de mi madre: una persona con unas grandes virtudes que me ha dejado boquiabierto con su saber estar a lo largo de estos penosos pero también, por momentos, divertidos días porque en cuanto se presentaba la ocasión nos reíamos a carcajadas contando alguna anécdota o chascarrillo, mi padre incluido. Gracias por tu sabiduría mujer-Séneca. No se me ocurre una mejor definición en este momento.

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