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Las grandes crisis económicas modernas han sucedido como consecuencia de una fuerte especulación en activos relacionados con revoluciones tecnológicas precedentes.

Cada vez que se produce una gran revolución tecnológica, aumenta mucho la productividad en las industrias a las que afecta directamente. Y la espectacular generación de riqueza que produce esto, suele dar lugar a intensas burbujas especulativas que, al estallar, provocan graves crisis económicas.

Sin embargo, hay más: el apogeo de los avances que plantea una revolución tecnológica (la mejora de la calidad de vida de la sociedad, el desarrollo económico de los sectores implicados) no termina con la crisis, viene después. Alrededor de dos o tres décadas después de la explosión de la burbuja especulativa que origina el salto tecnológico.

 

Burbuja del ferrocarril

La primera gran revolución tecnológica moderna sucedió entre la segunda mitad del s. XVIII y principios del s. XIX, con la mecanización de la industria textil y la invención de la máquina de vapor.

Se la conoce de forma genérica como la Revolución Industrial y originó grandes aumentos en la capacidad productiva de muchas industrias como, la mencionada textil o la agrícola. Acabó llevando a la invención del ferrocarril y del barco de vapor y a un formidable acortamiento de las distancias geográficas, tanto para las personas como para las mercancías.

Los aumentos de productividad que se dieron en las diferentes industrias generaron un enorme excedente de riqueza que se reinvirtió de nuevo, en buena parte, en el ferrocarril. Esto dio lugar a una burbuja especulativa en las bolsas de Londres y Nueva York que provocaron el crash de 1857, la primera gran crisis económica de ámbito mundial.

Pero la burbuja y posterior crisis no significaron la desaparición del ferrocarril, todo lo contrario: entre 1880 y 1890 viviría su etapa de mayor expansión y protagonizaría el nacimiento de un mundo nuevo en el que la confianza en las máquinas y la industrialización era casi infinita. Este auge se produjo unos 20-30 años después del crash bursátil.

 

Burbuja del automóvil

A principios del s. XX, durante las décadas de 1910 y 1920, vivimos una nueva revolución tecnológica: la protagonizada por la electricidad y la industria de la automoción (2ª revolución tecnológica moderna).

Ambas provocaron también un gran excedente de riqueza que derivó en una burbuja especulativa centrada en los valores de empresas de servicios públicos y automóvil en la Bolsa de Nueva York. Esta burbuja estalló en 1929 provocando la crisis conocida como La Gran Depresión. Un dato impactante: en 1929 había cotizadas ¡3.000 empresas automovilísticas!

El apogeo de esas nuevas tecnologías, tanto de la electricidad, con su uso generalizado en los electrodomésticos y el alumbrado de las viviendas, como del automóvil, con su utilización por un amplio y creciente número de familias de clase media, sucedió unas cuantas décadas después: entre 1950 y 1960. Una vez más, de 20 a 30 años después del inició de la gran crisis que originó la burbuja especulativa.

 

Burbuja punto com e inmobiliaria

Entre las décadas de 1970 y 1990, hemos vivido la revolución informática y electrónica (3ª revolución tecnológica moderna).

Estos avances tecnológicos que llevaron a la aparición de Internet en la década de los 90, originaron una enorme riqueza, que canalizada en parte hacia los valores bursátiles, generó una burbuja que estalló en 2000. Es conocida como la «burbuja punto com» porque hace referencia a un exceso de especulación en valores relacionados con Internet.

Sin embargo, en esta ocasión se creó una segunda burbuja, mucho más grave que la «punto com».

Tras la crisis de 2000 seguían existiendo unos elevados excedentes de riqueza que se invirtieron, de una forma bastante extendida a nivel mundial, principalmente, en el sector inmobiliario.

Esa especulación fue ayudada por un sector financiero internacional con una laxa regulación y una pobre supervisión, que favoreció el abandono de los imprescindibles criterios de prudencia bancaria y la búsqueda de beneficios a corto plazo, sin ningún escrúpulo, en muchas de las entidades financieras.

La burbuja especulativa inmobiliaria, convertida ya en crisis financiera mundial, estalló definitivamente en 2008 y afectó con mayor virulencia a los países más desarrollados.

 

El auge pendiente

Y en ella seguimos, pero pueden dar por seguro que la revolución tecnológica protagonizada por los ordenadores y la electrónica, cuyo más importante resultados es Internet, no ha llegado aún a su apogeo.

Probablemente le quedan al menos un par de décadas para producirse, si nos atenemos a los «periodos de maduración» de las anteriores revoluciones tecnológicas. Si estas nos sirven como referencia, en esta ocasión ocurrirá entre 2025 y 2040.

Esto quiere decir que está casi todo por hacer. Que en estos años que estamos viviendo, aunque no seamos plenamente conscientes, se están desarrollando, o a punto de hacerlo, los grandes avances que ofrecerá al mundo esta última revolución.

Y me pregunto: ¿por qué no intentar participar activamente en ellos?, ¿por qué no ser nuestras empresas las que propongan los nuevos avances que sin duda podemos esperar?, ¿las que desarrollen las nuevas industrias que se van a imponer?

 

¿Qué hay más allá?

También llegará la próxima gran crisis. Puede ser que tan puntual como un tranvía alemán, hacia 2090. Porque si se han fijado, las grandes crisis económicas se han producido con bastante puntualidad aproximadamente cada 90 años: en 1857, 1929 y 2008.

¿Sabrán nuestros nietos preverla y gestionarla, al contrario de lo que nos ha sucedido con la que hoy seguimos padeciendo? Esperemos que sí, que hayan aprendido, aunque la memoria colectiva es frágil.

También ocurrirá a lo largo de este periodo (y antes que la gran crisis) una nueva revolución tecnológica. ¿Cuál será? Podemos apostar por tecnologías relacionadas con la nanotecnología, la biotecnología o la inteligencia artificial. No nos equivocaremos demasiado ¿O sí?

Nota: la información y datos de este post están basados, en buena parte, en el excelente libro, «La Física del Futuro» de Michio Kaku, que por supuesto recomiendo y que, por supuesto, habla de muchas cosas más que de Física: de cómo será nuestro mundo en este s. XXI, teniendo en cuenta las líneas de investigación y desarrollo científico y tecnológico que ya están sucediendo.