A Peter Parker le picó una araña radiactiva cuando era niño. Obelix se cayó en la marmita de poción mágica cuando era pequeño. Yo me quedaba boquiabierto cada vez que mi padre contaba historias de la empresa de su vida.

Descubrí lo que significaba trabajar en una empresa líder gracias a él, que trabajó casi 30 años en IBM y ni un solo día dejó de llevar puesta la camiseta de la empresa. Las increíbles historias de dedicación y preocupación de IBM por sus empleados, situaciones vividas con clientes y miembros de su equipo de trabajo, contadas por mi padre en la sobremesa de los fines de semana, nunca dejaron de sorprenderme y divertirme.

Abandoné una aparentemente prometedora carrera en banca hastiado por una presión insufrible y unos jefes funestos con muy pocos escrúpulos. Aunque aprendí a vender y, además, a vender servicios.

Dejé la pyme familiar dedicada al mueble de oficina porque mi suegro no me permitió desarrollar lo mucho que yo pensaba que podía y estaba deseando ofrecer, aunque gracias a un curso de postgrado de ESADE que hice estando allí descubrí lo importante que era la estrategia para las empresas.

Y me convencí de que podía hacerlo con otras pymes: aplicar las buenas prácticas de multinacionales a empresas más pequeñas, para que trabajaran de una forma mucho más profesional y aumentaran sus posibilidades de supervivencia y éxito.

Soy especialista en innovación porque en una de mis primeras conferencias, penosamente leída en el congreso de un potente sector industrial, el moderador me preguntó en el turno de ruegos y preguntas que si los competidores italianos tenían el posicionamiento del diseño qué era lo que les quedaba a los competidores españoles – puesto que ya estaba claro que los fabricantes asiáticos se estaban haciendo con el mercado de bajo precio.

Y respondí sin pensarlo dos veces que la innovación. Muy pocos hablaban entonces de ello y, por supuesto, ningún político.

Tuve que hacer honor a mi palabra: la siguiente ponencia dos años después en el mismo congreso que la anterior, algo más relajada, se llamó La Oportunidad de la Innovación. Y, curiosamente, en ello sigo hasta hoy.

Me convencí definitivamente de que podía aportar un gran valor a las empresas con la innovación cuando, por casualidad, un consultor amigo me habló de un programa organizado por el Consejo de Cámaras Valencianas en el que participaba Joaquim Vilá, profesor de IESE, como director.

Tuve que conseguir en un solo día una empresa a la que asesorar para poder participar en ese programa. Esa empresa fue Cretaprint y se convirtió en mi primer caso de éxito como especialista en innovación. Cretaprint pasó de facturar 6 millones € a 53 millones € en 7 años y terminó siendo adquirida por la principal multinacional del sector de la impresión digital, una empresa norteamericana que cotiza en el Nasdaq (EFI).

Hoy me sigue sorprendiendo la increíble cantidad de oportunidades que tiene literalmente “cualquier” empresa para innovar, diferenciarse y poder triunfar en el mercado (manifiesto S&A).

Y esto es algo que me encanta y que me hace levantarme todas las mañanas, prácticamente sin esfuerzo, para descubrir qué es lo que vamos a hacer ese día junto a los clientes con los que haya quedado.

Gracias Seth Godin 😉

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