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Un día muy caluroso del verano de 1267, un niño de unos 10 años saltó la valla que separaba una cantera del camino que llevaba a la ciudad.

El niño, que era muy curioso y ávido de saber, se encontró con un cantero que parecía sufrir: sudaba mucho y su cara era un rictus de incomodidad.

«Buenos días señor, ¿qué está haciendo?» El hombre, que estaba golpeando un bloque de piedra con un mazo y un cincel, le contestó de forma desabrida: «¿no lo ves? estoy dando golpes a esta maldita piedra», y añadió: «me limito a hacer lo que dice aquel de allá», señalando al capataz y echándole una mirada nada amistosa.

Continuó andando el niño y se encontró con otro cantero. Este tenía un semblante sereno, aunque también estaba sudando y parecía que se esforzaba bastante. El niño, pensando que el anterior cantero no le había resuelto todas sus dudas, volvió a preguntar: «Buenos días señor, ¿qué está haciendo usted?.

«Hola muchacho» contestó el cantero, «como puedes ver, estoy tallando esta gran piedra». Como el niño vió que tenía cerca varios bloques que parecían acabados, todos con una señal muy peculiar en una de sus caras (una especie de triángulo) preguntó: «¿por qué ha marcado así esas piedras que ya están terminadas?». El cantero respondió: «Porque yo soy un artesano y marco todas las piedras que tallo con mi sello personal».

Al niño le pareció muy intrigante esto de marcar las piedras. Finalmente, cuando ya estaba buscando por donde salir de la cantera y volver al camino que le llevara a su casa, pues se le estaba haciendo tarde, dió con otro cantero que sudaba a chorros pero estaba silbando alegre mientras hacía su trabajo sin pausa.

Intrigado, se acercó y le preguntó: «Buenos días señor, ¿que está haciendo que le parece tan divertido?». «¿Qué estoy haciendo dices? ¡Estoy construyendo una catedral! Chico, una catedral que va a ser la más bonita de toda Francia» contestó.

El niño se quedó boquiabierto: así que para eso estaban tallando todas esas enormes piedras, para construir una gran catedral…

Pero, inmediatamente, se dio cuenta de que las piedras terminadas por este cantero, que rozaban la perfección, no estaban marcadas en ninguna de sus caras. «Señor, ¿por qué no marca usted sus piedras?» «No necesito hacerlo», le contestó, «Soy un artista y la obra que construyo es una catedral, no me dedico a hacer piedras»

 

Unas sencillas analogías

Trasladando este cuento, que seguro que ha escuchado más de una vez, al mundo de la empresa, podemos observar con facilidad que…

El primer cantero es un mero empleado: tiene el CONOCIMIENTO mínimo necesario para hacer su trabajo. Y este no es otro que hacer lo que le dice su jefe que haga.

El segundo cantero es un profesional: alguien que tiene el conocimiento, pero sobre todo, la EXPERIENCIA para hacer bien su trabajo. Y además le gusta que se le reconozca la calidad de ese trabajo individual (por eso marca sus piedras en el cuento)

El tercero es alguien comprometido: por supuesto tiene el conocimiento y la experiencia, pero además la ACTITUD adecuada para implicarse completamente con lo que hace su empresa. Por eso, lo que le interesa es el resultado final: la catedral. En nuestras empresas hoy esa catedral estaría representada por la misión corporativa (la respuesta a la pregunta ¿para qué estamos?)

El primero pone sus manos, sus brazos o una pequeña parte de su cerebro al servicio de un empleador a cambio de dinero. Sin otra pretensión. ¿Cuántos conocemos de estos? Demasiados, lamentablemente para ellos y sus empresas.

Al segundo le preocupa hacer un buen trabajo, pero nada más. Le da bastante igual el resultado final, siempre que pueda mantener su puesto de trabajo. También conocemos a unos cuántos de estos.

El tercero no quedará satisfecho hasta ver con sus ojos materializado el resultado final de lo que hace su empresa. Este sí está comprometido. Conocemos muy pocos de estos y, sin embargo, son más necesarios que nunca para llevar a las empresas hacia el éxito.

Nada que ver los resultados de unos y otros. ¿Cuántos picapedreros, artesanos y artistas tienes en tu empresa?

 

Problema no resuelto: mucho que recorrer

¿De quién es el problema?

Una parte del problema es del propio individuo: educación recibida, entorno observado, referentes, etc.

Pero otra parte del problema, yo diría que mucho mayor, es del empleador, de los jefes, de los dueños: de no saber trasnsmitir la importancia de lo que se hace, de no ser capaz de crear un proyecto atractivo para que la gente se incorpore a él, lo haga suyo y lo empuje hacia delante.

Es hoy decisivo que todas las personas que forman una organización empresarial moderna conozcan lo que verdaderamente importa (valores), el por qué lo hacen (visión) y el para qué lo hacen (misión).

Y que los «compren», los hagan suyos (en esta gran charla TED de Simon Sinek explica cómo los grandes líderes siempre saben transmitir el «por qué»).

Tener estas ideas claras, definidas de forma 100% honesta y bien comunicadas a todos los colaboradores – internos y externos -, seguramente es mucho más importante de lo que la mayoría de empresarios y directivos piensa.