5 minutos

No es lo mismo hablar del empresario de una pequeña empresa, propietario y habitualmente gerente, que del alto directivo, en muchos casos también accionista, de grandes empresas tipo Telefónica, Endesa o Gas Natural.

Todos son empresarios, pero no son empresarios iguales.

 

No es lo mismo

El primero, el empresario de la pequeña empresa, se juega su patrimonio todos los días, porque así se lo han exigido los bancos. Con una alegría y un desafío que recuerda el desplante de los toreros valientes.

Por favor, quede claro que hablo de la mayoría silenciosa, no de los casos puntuales de estafadores de menor o mayor alcurnia: se me vienen a la mente fundaciones con nombre de musa griega.

El segundo, el alto directivo, en raras ocasiones pone en juego sus «garantías personales», como dirían en los bancos. Aunque su responsabilidad de estropicio, solo sea por la cantidad de gente que depende de ellos, es infinitamente mayor (vease el destrozo que ocurrió en Bankia hace unos años).

El primero es directamente responsable de sus errores: lo puede perder todo. Y muchos ya lo han perdido.

El segundo difícilmente lo será. O, mejor dicho, nunca: porque siendo responsable, consigue acabar sorteando los «inconvenientes»: el sueldo sí lo quiero, claro, pero la responsabilidad no, por favor, que es de muy mal gusto.

No solo eso: el alto directivo además se suele llevar una suculenta indemnización debajo del brazo si no salen bien las cosas, independientemente de los daños causados, que a la indemnización también es de mal gusto renunciar.

Sin embargo, son estos altos directivos los que dirigen las asociaciones patronales y empresariales, los que tienen los lobbies más poderosos haciendo presión en Madrid y Bruselas para hacer cumplir sus intereses, los que «asesoran» al gobierno en la internacionalización de las empresas españolas…

 

El lenguaje importa

Permitanme la distinción, pero estos altos directivos, en bastantes casos procedentes del mundo político (premio por méritos contraídos con el partido o con terceros, pago por silencios interesados, compensación por años de dedicación «vocacional»), no son empresarios de verdad.

Por diferenciarlos con claridad los voy a llamar «empresistas», aunque no exista por supuesto esa extraña y fea palabra.

Las distinciones lingüisticas son importantes. No solo en el caso que estoy relatando, aún más en la extrema y extraña confusión que parece padecer buena parte de la sociedad española sobre lo que es y no es «ser empresario».

Confusión heredada, sin duda, del legítimo conflicto de clases del XIX y principios del XX, hoy completamente superado. Al menos, en los términos planteados entonces (capitalismo vs proletariado; ahora nos enfrentamos a otro conflicto de clases muy diferente: castas político-económicas vs ciudadanos)

Sin embargo, la reminiscencia de la identidad «empresario = explotador» prevalece en muchas cabezas, especialmente en aquellas interesadas en que eso siga siendo así, como las sindicales (todo un modo de vida).

Y hay que tener cuidado con esto porque antes que después, muchos españoles que han dejado de tener trabajo, porque su empresa ha cerrado o se ha quedado en mínimos, van a cambiar de bando y no van a tener más remedio que convertirse en empresarios. En empresarios o en emigrantes.

 

Pero hacen falta empresarios y no empresistas

Con este estado de cosas, ¿quién va a querer ser empresario de los de verdad?

Aunque se nos llene la boca en los últimos tiempos reclamando un sano espíritu emprendedor en la sociedad española. ¿Cuál es el incentivo?

No bastan las palabras, se necesitan hechos: tozudos, constantes, coherentes. Y no los hay por parte de quienes pueden hacer girar el timón.

Y por eso, es muy dudoso que consigamos crear – en poco tiempo – una sana clase de empresarios emprendedores y, más probable, que nos encontremos con una emigración masiva. Y que los que se queden, acepten trabajar en condiciones que añorarán los no tan lejanos tiempos del mileurismo.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Aquí se acababa originalmente este post, pero una voz interior hizo esta pregunta: ¿y qué se podría hacer – no solo decir – para incentivar ese sano y necesario espíritu emprendedor?

Aquí dejo unas cuantas propuestas, por supuesto no exhaustivas:

start up rally

– Dinero en proporción adecuada a la necesidad

En este mismo momento me preguntó qué porcentaje del presupuesto nacional -Estado, Comunidades, Diputaciones, Ayuntamientos- llega realmente a este colectivo crítico de los emprendedores.

Quiero decir, el que llega de verdad y no se queda por el camino, en absurdos montajes publicitarios organizados a mayor gloria de gobernantillos locales, supuestos cursos de formación y reciclaje respaldados por organizaciones de diverso pelaje que utilizan como fraudulenta vía de financiación propia o de amiguetes, etc.

– Lavar la imagen del emprendedor-empresario en la sociedad

Porque es bueno serlo, porque es una boca menos que alimentar por los demás (vía impuestos y subisidios), que, si además le va bien, podrá dar trabajo a otras personas (aunque no tiene ninguna obligación de hacerlo, cuidado).

Porque si triunfa no tiene por qué ser un explotador, y si fracasa no es un apestado.

Porque con sus innovaciones, son quienes hacen progresar a toda la sociedad: ¿a que hoy le parece imprescindible su estupendo móvil iPhone o similar que tiene al alcance de la mano, o el programa Office con el que trabaja en su despacho? Pues bien, ambos nacen de la iniciativa de emprendedores. No hace falta recordar quienes son.

– Interlocución directa en/con el gobierno

Puesto que es una cuestión de estado el conseguir dar trabajo a muchos millones de personas por medio del autoempleo y la creación de nuevas empresas, nada menos que un ministro responsable de emprendimiento.

Al que, por supuesto, tengan acceso directo y fluido los representantes legítimos de este colectivo.

– Promover la relación entre los emprendedores

En potentes asociaciones, ferias, viveros, aceleradoras de start-ups, plataformas digitales, etc. Pero de las que funcionan. Para que de ese contacto y roce surjan aun mejores ideas y proyectos.

En el fondo, Silicon Valley no es otra cosa que un espacio físico en el que el talento bulle, se roza, se transforma…y crea más valor.

–  Educar en los positivos valores del emprendimiento

Desde la infancia. Incluyendo una rama con amplia temática de esta más que probable actividad adulta (la del emprendimiento) en todos los programas de estudios.

Desarrollando conocimientos pero, sobre todo, habilidades relacionadas con el emprendimiento: creatividad, negociación, comunicación en público, presentaciones de venta, manejo de cuentas de resultados, contratación de proveedores, motivación de empleados, trabajo en equipo, gestión de proyectos, idiomas…

– Reconocimiento social e institucional a los mejores emprendedores 

Por crear riqueza, empleo, progreso social, servir de ejemplo a otros y contribuir a levantar la imagen de todo un país.

– Facilitar al máximo el desarrollo profesional y mejora de esos emprendedores

Dándoles todo tipo de facilidades, a ellos y a sus equipos, para que estudien, investiguen y hagan todo lo necesario para mejorar sus proyectos empresariales o crear otros nuevos.

– Dar responsabilidades institucionales a estos mismos emprendedores

Ofreciéndoles participación decisiva en la toma de decisiones importantes para el país: en los ámbitos económico, empresarial y social. Porque son una parte clave de su resurgimiento.

– Establecer ambiciosos objetivos a corto y largo plazo relacionados con el emprendimiento

En todas y cada una de las principales instituciones del país: gobierno, banca, justicia, organismos reguladores, etc.

Objetivos que, cada uno desde su ámbito y perspectiva, refuercen y defiendan la aparición, consolidación y desarrollo de la actividad emprendedora. Y, además, cumplirlos.

Creo que ningunas de las propuestas anteriores cae fuera del programa de cualquier gobierno con voluntad de resolver un problema de estado. Y es probable que su puesta en marcha, seria y persistente, junto con otras medidas similares, ayudaría a lograr lo que necesita este país: más empresarios y menos «empresistas».