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Acabo de volver de un viaje de EE.UU y no he podido dejar de pensar en una cosa: el poder de EE.UU viene de su tamaño y de su unidad, que no de su identidad.

Por unidad me refiero a que son bastante homogéneos como mercado, aunque todo el mundo se puede imaginar con facilidad que un urbanita de la Gran Manzana (Nueva York) poco tiene que ver con un ranchero de Arkansas o un mormón de Salt Lake City. No son idénticos, ni mucho menos.

Para mí que ese tamaño y unidad son una de las claves (aparte logros históricos) de la gran confianza en sí mismos que sienten como país y que se extiende a sus empresas y a sus ciudadanos.

 

Una situación de partida diferente

Hablando de empresas, ¿qué tienen ellos que no tengamos nosotros?

Pues que si alguien en EE.UU se anima a lanzar un canal de TV cuenta con una audiencia potencial de más de 300 millones de personas. En España contaría con 40 millones, eso si la cadena no es autonómica, porque entonces es mucho peor.

Conozco empresas españolas con 1 mill € de facturación que trasladadas ladrillo a ladrillo a Denton (Ohio) o a Arlington (Texas), serían empresas con facturaciones de 10 mill $ o más.

Hablamos de órdenes de magnitud diferentes (un cero o incluso dos más, allí), gracias simplemente a tener a su disposición un mercado muy grande y relativamente homogéneo.

Y claro, todos sabemos que una empresa grande lo tiene más fácil en muchas cosas: desde el trato recibido de los bancos a la especialización que consigue en sus trabajadores, a la imagen que transmite como empresa…

Por eso tiene mucho mérito que cada vez más empresas españolas estén exportando a EE.UU, uno de los mercados más desarrollados del mundo. Y no me refiero a nuestros supuestos «campeones nacionales» sino a pequeñas y medianas empresas de los más diversos sectores: desde el mueble a la robótica.

 

Problemas añadidos

Por eso se me ocurre pensar (qué ocurrencia) que no deberíamos complicar las dificultades actuales con problemas añadidos: limitando, fraccionando, reduciendo nuestros mercados. En una secuencia mareante, deprimente y asfixiante.

Porque ¿quiénes ganan con ello? No, desde luego, las empresas. Y, por tanto, no sus trabajadores. Y, por tanto, no la sociedad. Creo que todos sabemos que quiénes más tienen que ganar son los políticos, ¿hay alguna duda?

Con esto no quiero decir que un país no tenga derecho a independizarse, igual que una región, una ciudad, una finca de vecinos, un hijo o una pareja. Lo que sí afirmo es que a las ventajas que ya tienen las empresas de países como EE.UU, tenemos que añadir las desventajas que nosotros mismos nos imponemos.

Porque ellos, en EE.UU, también tienen políticos malos y corruptos, no hay más que ver los telediarios o la prensa. Pero a diferencia de nosotros, al final, en el fondo, se sienten orgullosos de su país.

Creo que es porque ven antes lo que tienen en común, lo que les une y lo que les produce satisfacción rememorar, que lo contrario: lo que separa, lo diferenciador, lo que produce vergüenza recordar. Y ahí es donde nosotros nos encontramos. No solo en España, hablo de toda Europa. Aunque pienso que en esta cuestión somos tristes líderes.

Sobre esto tengo una bonita anécdota: estuvimos viendo un partido de béisbol (foto de arriba), deporte americano por excelencia que, además de entenderlo, te tiene que gustar. Como saben los que han visto alguno, al final de cada entrada (los dos equipos hacen 9 entradas), aprovechan para entrevistar a gente, presentar a ganadores de algún concurso y, como no, para venderte cosas: publicidad de las más variadas formas, con juegos, con mascotas, con patrocinadores, etc.

La gente, durante esos breves intermedios, se divierte, compra más comida o bebida, participa en los entretenimientos (la cámara que busca a la gente que saluda o al que va más disfrazado o al que baila de forma llamativa los éxitos del momento), y aplaude con más o menos gana e interés. ¡Hay que reconocer que saben aprovechar bien esos momentos de descanso!

Pero tampoco dejaron de aprovechar que había entre el público un marino, veterano de la 2ª Guerra Mundial, al que presentó el speaker con gran respeto: ¡chico! la gente se puso de pie a aplaudir en una enorme ovación, cálida, sin fisuras, en crescendo y que duró varios minutos, con el viejo marino en la pantalla gigante del estadio, sentado en una silla de ruedas en una sala vip del estadio, sus ojos vidriosos, asintiendo con la cabeza calladamente.

En ese momento, mientras aplaudíamos, me vino a la cabeza, como un relámpago, la siguiente idea: es una pena, pero nosotros jamás viviremos algo así en nuestro país. ¿Por culpa de quién o de qué?

 

Algo positivo

La buena noticia para nosotros es que la crisis ha hecho de la necesidad virtud: ha conseguido que nuestras empresas – las que sobrevivieron – sean, a pesar de los tremendos obstáculos, más ágiles y atrevidas. Más eficientes e innovadoras. Capaces de plantarse en EE.UU o en cualquier otro mercado del mundo y vender sus atractivos.

Por el contrario, algunas empresas americanas llevan muchos años viviendo en la autocomplacencia: no hay más que ver lo que ha ocurrido en la ciudad de Detroit y con su industria del automóvil.

Pertenecer al mercado más desarrollado del mundo tiene ese riesgo: que te puedes dormir en los laureles. Aunque no por eso nos olvidaremos que muchísimas de sus empresas mantienen un espíritu abierto, innovador y despierto. Y, sin duda, marcan al resto del mundo el camino por el que nos dirigimos hacia el futuro.

Resumiendo: una pena no tener, no ya en España, sino en Europa, un mercado mucho más homogéneo, con gente que vea más lo que nos une que lo que nos separa. También, que debemos aprovechar la dureza de la crisis para quitarnos de encima, de forma definitiva, complejos empresariales e ir allá donde tengamos oportunidad, a vender nuestra innovación y atrevimiento.