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Hace tiempo planteamos una propuesta de trabajo a una empresa vinculada indirectamente al sector de la construcción (no fabrica casas pero hace instalaciones necesarias en las viviendas).

Era una empresa que está ubicada en uno de los múltiples polígonos industriales que rodean Valencia y que, a pesar de haber sufrido la crisis de forma durísima (ha pasado por una reducción drástica de su plantilla de trabajadores, asumiendo impagos, créditos que devolver a los bancos, etc), ha conseguido resistir.

Por eso, su gerente se mostraba totalmente dispuesto a hacer las cosas de otra manera: a ser «mucho más estratégico» para saber a partir de ahora dónde meterse y cómo hacerlo, midiendo muy bien sus recursos. Para que el próximo vaivén no se lo llevara por delante, vamos.

Incluso es alguien que había oído acerca de eso de buscar océanos azules, para salirse de la competencia sangrienta y, en la mayoría de casos estéril, centrada únicamente en los precios.

Para resumir, había mucho interés, pero siempre para un poco más adelante;) es decir, era un proyecto, que siendo clave y estratégico según sus palabras, veíamos que no conseguía entrar en la categoría de urgente:))

importancia-urgencia (recursos-movimientos)

Como era de esperar, este proyecto nunca llegó a realizarse, a pesar de las sucesivas promesas que, eso sí, siempre llevaban fecha de aplazamiento.

Uno de los trabajadores de la empresa, mano derecha del gerente al que conoce muy bien, nos dijo poco antes de cancelar el intento de colaboración algo que, lamentablemente, creo que les ocurre a demasiadas empresas de este país y que está directamente relacionado con la falta de profesionalidad y de visión de la clase empresarial:

«¿Sabes qué es lo que nos ocurre? Que aquí tenemos dinero para hacer las cosas 3 veces pero no para hacerlas bien a la primera»

Es decir, no tenemos nunca dinero suficiente para hacerlo bien, como Dios manda (con ayuda externa o sin ella), pero por culpa de no hacerlo bien a la primera nos gastamos mucho (más) dinero en hacerlo 3 o 33 veces mal…

Me dejó «shockeado» porque yo nunca lo hubiera definido tan bien y tan claro.
Es lo que tiene la sabiduría de polígono: que es breve y certera como un puñal.