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Últimamente, en mi entorno más próximo de amigos, trabajo, colegios… me he encontrado con distintos casos de intolerancia, en mayor o menor grado.

Ninguno grave, pero sí suficientemente llamativos como para que me hayan llevado de nuevo a reflexionar sobre este tema. Porque pienso que la tolerancia es clave para que podamos, no solo convivir, sino progresar. También para innovar.

Podemos hablar de tolerancia en el lugar de trabajo o en el salón de tu casa, en la comunidad de vecinos o en el campo de fútbol. Está – o no – en todas partes.

Para mí, tolerancia significa aceptar cómo son los otros, lo que deciden y hacen con sus vidas y no intentar hacerles pensar, ser o actuar como YO. Puedo intentar convencer a mi pareja para ver una serie que me apetece hace años, utilizando mis mejores argumentos, pero no puedo enfadarme porque no piense como yo, porque no le apetezca lo que a mí.

Y me va a resultar mucho más fácil ser tolerante con ellos cuando además cumplan con las otras 2 reglas básicas de la CONVIVENCIA: respeto e igualdad.

Porque si alguien no respeta a los demás, me va a costar mucho ser tolerante con él. Ese jefe faltón e irrespetuoso a todas horas.

Y si alguien no se considera igual, sino superior (aunque no haya reflexionado conscientemente en ello)…porque piensa que tiene todos los derechos, pero menos obligaciones que los demás, no creo que tenga por qué tolerarle. El chaval de 20 añazos, con síndrome del emperador o niño tirano, que no tiene previsto dejar de aprovecharse de sus padres hasta bien pasados los 30, si es que lo hace.

 

Un equilibrio delicado

Si te fijas, rompiendo cualquiera de estas tres patas de lo que podríamos llamar la «trinidad de la convivencia» (tolerancia-respeto-igualdad), quiebras las otras dos:

Si alguien no respeta a los demás, los demás no tienen por qué ser tolerantes con él, ni tampoco le pueden conceder el beneficio de la igualdad. Caso de que esa falta de respeto sea suficientemente grave (por ejemplo, mata a alguien), «debe» perder el mayor beneficio igualitario del que disfrutamos todos en un estado libre: la libertad.

Si alguien se considera superior a los demás (origen primario del racismo, nacionalismo con tinte radical y otras hierbas similares), entonces no podemos respetarlo. Y tampoco deberíamos tolerarlo.

Y si alguien no es tolerante, ya sea en el trabajo o en el campo de fútbol, no deberíamos respetarlo – puesto que rompe la convivencia – ni considerarlo igual: debería ver reducidos sus derechos y aumentadas sus obligaciones.

 

Al final, un ejercicio de responsabilidad

Cuando incumplimos con alguna de estas tres reglas, inmediatamente estamos poniendo en riesgo, y deteriorando, la convivencia. Algo que, como nos señala la experiencia histórica, cuesta mucho de volver a poner en su sitio. Pensar, por ejemplo, en el infinito conflicto entre palestinos e israelís o en la aún no superada controversia entre rojos y azules en este país.

La convivencia depende tanto de los demás como de nosotros, de que todos cumplamos con nuestra parte.

Tanto la parte, digamos, positiva, de ser de forma proactiva tolerantes, respetuosos e igualitarios; como también la cara negativa, la de no aceptar, no transigir y denunciar, si es necesario, a aquellos que no son lo uno ni lo otro, porque destruyen la convivencia, ese bien tan precioso y delicado.

Posiblemente, hoy donde más fallamos es en asumir los compromisos que exige la cara negativa: una inmensa mayoría asumimos la responsabilidad de comportarnos como es necesario, pero no la responsabilidad de denunciar y perseguir el comportamiento inadecuado.

Esto ha ocurrido otras veces, con consecuencias dramáticas. En la Alemania nazi prebélica de los años 30, una mayoría de alemanes también hicieron lo mismo: no denunciaron, no se opusieron, no persiguieron el comportamiento intolerable…y eso que eran mucho más numerosos que los radicales. Y como no hicieron eso, al final estos se acabaron imponiendo y los «nazificaron» a todos.

Piénsalo: hay tres cosas clave que hay que cuidar, especialmente para la tolerancia y convivencia en empresas. Y que todo vaya bien, no depende solo de que tu las cumplas sino de que consigamos que todos las cumplan.

El entorno de negocios y la innovación en particular, sin duda, también se ven favorecidos por un ambiente donde se respira tolerancia (porque favorece la aparición de nuevas opciones diferentes), respeto (porque permite que estas se desarrollen sin trabas) e igualdad (porque evita los nauseabundos y tramposos monopolios).